lunes, 22 de noviembre de 2010

¡Cuidado con el moralismo!


Yo sé que el título de esta entrada puede sorprender a algunos, porque muchos creen erróneamente que el evangelio promueve el moralismo. Pero nada puede estar más lejos de la realidad. El evangelio se opone al moralismo, tanto como se opone a la inmoralidad. Permítanme explicar a qué me refiero.
La Biblia tiene mucho que enseñarnos acerca de la ética y de la moral; pero cuando hablamos de moralismo nos estamos refiriendo a algo que va más allá del buen comportamiento moral y ético. Siempre que añadimos el sufijo “ismo” a una idea, estamos colocando esa idea en el centro de un sistema de pensamiento. Por ejemplo, una cosa es que promovamos una cultura de preocupación social, y otra muy distinta que promovamos el socialismo. El socialismo es una ideología que promueve un sistema económico, político y social determinado.
Pues lo mismo ocurre con las palabras moralidad y moralismo. La moralidad es algo bueno, el moralismo no. El moralismo, en el contexto en que estamos usando la palabra aquí, coloca las virtudes morales como la base de nuestra aceptación, ya sea delante de los hombres, delante de mí mismo, o delante de Dios. “Si me porto bien, seré aceptado”.
Pero esa enseñanza es totalmente contraria a lo que enseña el evangelio. Ese fue uno de los principales puntos de conflicto entre Cristo y los fariseos. Los fariseos eran los máximos representantes del moralismo en los días del Señor.

En Mt. 23:27 Cristo los compara con sepulcros blanqueados, “que por fuera, a la verdad, se muestran hermosos, más por dentro están llenos de huesos de muertos y de toda inmundicia”. Los fariseos hacían un énfasis desmedido en la apariencia externa, y creían que por su buena conducta serían aceptados delante de Dios. “Si mejoro mi conducta, seré más bendecido”.
La enseñanza del evangelio es radicalmente diferente: “Por cuanto ya he sido aceptado por Dios en base a lo que Cristo hizo a mi favor en la cruz del calvario, ahora puedo vivir de una manera que sea agradable delante de Él, ahora puedo mejorar mi conducta moral”.
En el moralismo, el buen comportamiento viene primero y la aceptación después. En el evangelio es al revés: primero somos aceptados por Dios, únicamente en base a los méritos de Cristo, y debido a ese hecho ahora podemos y debemos comportarnos de cierta manera.
Lamentablemente, aún dentro de las iglesias evangélicas se puede promover el moralismo si no tenemos bien claro en nuestras mentes cuál es el mensaje del evangelio.
Por eso debemos enfatizar lo que Dios ya hizo por nosotros en Cristo; entonces, y sólo entonces, podemos avanzar en nuestras vidas cristianas en pos de la santidad.
La base de nuestra aceptación delante de Dios no es nuestra conducta, es el hecho de que nosotros estamos en Cristo por medio de la fe, y Él es Aquel en quien el Padre tiene toda Su complacencia.
Leí en estos días una frase que me fue de mucha edificación. Alguien decía: “Yo no tengo que esforzarme por impresionar a Dios, porque ya Jesús lo impresionó por mí”. Eso es exactamente lo que estamos tratando de transmitir.
Ya soy aceptado delante de Dios por causa de Cristo, y como un resultado de eso que Dios ya hizo, ahora he comenzado a cambiar, ahora estoy siendo transformado de gloria en gloria conforme a la imagen de mi Señor y mi Salvador. Mantengamos esa verdad clara en nuestros púlpitos, para que no nos desviemos del evangelio de la gracia. Solo así los pecadores serán salvados y los creyentes podrán seguir creciendo en su semejanza a Cristo.


© Por Sugel Michelén. Todo Pensamiento Cautivo. Usted puede reproducir y distribuir este material, siempre que sea sin fines de lucro, sin alterar su contenido y reconociendo su autor y procedencia.

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